Esto significa: yo el Señor, soy bueno contigo. Pero no sólo lo soy desde lejos, sino que yo, el Señor, me dedico a ti, y no lo hago como puro gesto ni con las manos vacías. Yo, el Señor, cuido de ti; más aún: yo, el Señor, quiero ahora hacerme cargo de tu asunto, del asunto de tu vida, hacerlo mío y, por tanto, hacerlo bueno. ¿Acaso porque eres una gran persona, porque lo has merecido? No, ¡no es por eso!, sino porque yo elijo y quiero hacer uso de la gracia contigo. «Mi gracia» significa: eres un siervo bastante inútil, pero, como tal, quiero tomarte a mi servicio precisamente a ti. En lo que a mí respecta, eres un amigo de lo más dudoso -¡a menudo, más mi enemigo que mi amigo!-, pero yo quiero ser para ti un buen amigo, el mejor amigo que tienes. Eres un hijo desobediente -¡ah, claro que si!, todo nosotros somos tans ólo sus desobedientes hijos-, pero yo quiero ser para ti un padre fiel. Ésta es la gracia que no ha de apartarse de tu lado. ¿Por qué no? Sencillamente, porque es gracia y, por tanto, no depende en absoluto de ti: porque es mi gracia, no gracia humana, ¡sino de Dios! Por eso no puede apartarse de tu lado, y no se apartará. Puede y debe ser para ti, en buena medida, una gracia rigurosa y estricta, incluso hacerte daño a veces, pero no ha de apartarse de tu lado. Todos sin excepción somos respecto a ella chapuceros desagradecidos, ¡pero no ha de apartarse de tu lado, ni del mío, ni del de todos nosotros!.
Fuente: Karl Barth, instantes, p44

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