"Perdóname, hago esfuerzos por entender este acercamiento tuyo a la religión, pero temo que te está llevando a posiciones oscurantistas, porque no se trata de creer o no en Dios.
Yo podría asumir volitivamente dicha creencia... que tenemos la posibilidad de autoimponernos valores morales y actitudes espirituales. Asimismo, me imagino que uno puede imponerse creencias. Al fin y al cabo, tal vez no me haga daño el obligarme a creer en Dios. ¡Quizás hasta me sienta mejor de lo que ya me siento y me haga creyente!
El problema no es que yo crea o no en Dios, se trata de algo mucho más duro e irrespetuoso, se trata de que yo -independientemente de que crea o no en él- ¡no necesito de Dios! Simplemente no requiero de él para nada. Me tiene sin cuidado que exista o no. No es por él que puedo ser todo lo noble, honesto, digno o respetuoso que yo decida ser. Me basta con mi conciencia moral y mi racionalidad para hacerle frente a todas las dificultades que tu Dios pretende resolverme
Yo tengo una estructura de valores muy clara que me permite abordar los retos morales que la realidad me plantea. Y detrás de mis valores, fundamentándolos, está mi racionalidad. ¡Porque no es cierta esa idea peligrosa según la cual entre la moral y la razón no hay un nexo racional!"
¿Qué responderle? ¿Cómo enfrentar los 400 años de modernidad atea que le han inculcado ese comprensible rechazo por la idea de un Dios que -trocado en Ente- desde algún lugar del Universo infinito, juzga, perdona o "imputa" a los hombres?¿Cómo decirle que, ciertamente, él tiene su conciencia, su racionalidad y sus valores bien sólidos, pero que la realidad puede ejercer sobre ellos presiones muy superiores a cualquier solidez humana? ¿Cómo hacerle sentir que su animalidad puede quebrarle en un instante toda su moral, evidenciando así lo endeble que es el ser humano? ¿Cómo mostrarle que la vida, por crueles y demoledoras que sean sus presiones, puede duplicarlas o triplicarlas en un santiamén? ¿Cómo decirle que en ese momento -liquidadas ya sus defensas individuales- él puede sentir la necesidad de una mano amiga? Y que es hasta posible que esa mano amiga se aparezca?
¿Cómo decirle que hay instantes decisivos en los que -con exactamente las mismas razones y los mismos valores- podemos asesinar o no, perdonar o no, cogernos unos reales o no; y que, en dichos instantes decisivos, los valores, la conciencia y la racionalidad no nos sirven absolutamente para nada? ¿Cómo mostrarle que si intentamos atisbar por esas fisuras que las decisiones abren en la realidad, accederemos al vacío infinito que es el alma humana? ¿Cómo decirle que cuando nos asomamos a ese vacío insondable, sentimos la necesidad de una mano amiga? ¿Y que tal vez esa mano amiga trascendente exista?
¿Cómo decirle con la misma dulzura con la que una compañera le dijo "has sentido alguna vez ese inmenso vacío y esa gran soledad que es el alma humana?". ¿Cómo aceptarle que, en cierta forma, él tiene razón y que no se trata de creer o no en Dios, sino -precisamente- de necesitar o no ayuda? Y que, unas veces, con la de los amigos basta; que otras, con apelar a los valores o a la conciencia moral tenemos; pero que, a veces, cuando la realidad se emplea a fondo contra ti, cuando se te muere un hijo o la madre de tus hijos, hay que apelar a instancias más profundas y trascendentes. Aquellas que moran más allá de esa soledad trágica que es el alma individual.
ES FACIL DESENTENDERSE de la segura existencia de un ser superior, pero imposible negarla. En tus ratos de duda recuerda, estos breves puntos que nos sitúan ante "algo" que nos trasciende.
- La generación del todo inicial, ¿qué o quién puso en operación este universo inacabable?
- Cómo se pudieron dar las condiciones para que en una simple espora marina se generara la vida? ¿Cómo se propuso la posibilidad de ese acontecimiento?
- Respecto a la evolución: luego del suceso de la espora, ahora viviente, se produjo la evolución, pero ¿cómo la inteligencia? ¿Por qué tantas miles de especies animales no la tienen y comparten con nosotros? ¿Es simple casualidad? El animal humano no ha podido pasar de afilar hachas a lanzar un cohete a la luna. Para ello se necesitan más que habilidades.
Y es que es difícil aceptar "algo" que nos transciende, por las consecuencias que esto acarrea a quienes reflexionan y dudan. ¿Qué relación tengo con ese "más que yo"? ¿Cómo me vinculo con lo que desconozco pero que existe como organizador primigenio? Es más fácil desentenderse e ignorarlo. Pero esta posición, en filosofía, nunca ha resuelto ningún problema. El camino es aceptar el reto y aproximarse lenta y respetuosamente, con desprejuicio, a considerar la posibilidad de "algo" más allá que yo.
Después vendrá la necesidad de mirar también la teología y dejarnos llevar hasta donde nuestra mente clara nos ilumine.
Al plantearnos si existe Dios, aunque éste no nos importe, por extensión nos preguntamos ¿cómo es Dios? El "no" a Dios ya no es evidente para muchos no creyentes. Unos dudamos de nuestra fe, otros dudan de sus dudas. Ya ni los budistas saben si deben callar ante el absoluto sin nombre. Pero curiosamente son los ateos, hoy más que nunca, quienes piden a la fe en Dios una explicación. Y esto es debido a que el individuo cada vez está más inseguro de sí mismo porque puede fabricar artefactos de destrucción inmediata o reducir paulatinamente su hábitat olvidando el orden armó nico.
La fe es, inicialmente, confianza fundamental que se abre a la realidad, a pesar de su carácter problemático.
De hecho, el hombre tiende de suyo al sí, porque el "no" no puede mantenerse consecuentemente en la práctica.
En cualquier caso la salvación es un problema personal. Inquisición incluida.

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